¿Qué nos enseña la Dana?

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¿Qué nos enseñan estas catástrofes acerca de nosotros mismos? Aristóteles nos definía como animales racionales, y Linneo clasificó a la especie humana con esos dos bonitos nombres latinos, homo sapiens . Pero ¿lo somos realmente? Pensamos, inteligimos, analizamos, calculamos, pero también nos enfurecemos, nos enamoramos y en general nos dejamos arrastrar por las pasiones. Tan cierto es que somos racionales como que somos irracionales ¿Y sociales? He aquí otra definición clásica: el hombre como un ser social por naturaleza. Para el filósofo griego el hombre tiende de modo natural a anteponer el bien común al bien particular, la felicidad y el bienestar de la comunidad a la conveniencia individual. El ser humano más despreciable para un griego clásico es el idiota, literalmente, el que se ocupa sólo de sus propios asuntos. Pero llega la Edad Moderna y con ella la emergencia del individuo. Para un filósofo moderno como Thomas Hobbes (1588-1679) , el hombre en estado de naturaleza es egoísta, individualista, competitivo, agresivo. Su tendencia natural no es compartir, colaborar o ayudar al prójimo, sino todo lo contrario. Homo homini lupus : el hombre es un lobo para el hombre. Cada uno quiere toda la tarta para él. Ahora bien, si todos nos dejáramos llevar por nuestros instintos, la vida sería una guerra de todos contra todos. Para evitar la autodestrucción, los seres humanos hacemos un pacto social, renunciamos a parte de nuestra libertad y nos ponemos en manos de un Estado que disponga de las fuerzas y facultades necesarias para mantener la paz y la seguridad de los ciudadanos. Con la fuerza de la ley el Estado repartirá la tarta y castigará a aquel que se atreva a robar la porción del otro.Noticia Relacionada opinion No ¿Puede la política divorciarse de la ética? Luis Peñalver Alhambra Nos negamos a pensar que no haya entre la clase política, sobre todo entre aquellos políticos de perfil bajo, seres humanos honestos y entregados al servicio públicoUna visión ésta del hombre demasiado «pesimista» para un pensador como Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) . Según el ginebrino el hombre es bueno por naturaleza: espontáneamente tendemos a la solidaridad, al altruismo, a la empatía; nos alegramos con los que se alegran y lloramos con los que lloran. Pero si el hombre es portador natural de estas pasiones nobles, ¿por qué hay tanta gente egoísta y perversa en el mundo? La respuesta de Rousseau no se hace esperar: porque la sociedad, la civilización y la mala educación nos corrompen; fomentan la competitividad retorcida y viciosa entre los individuos. Para Hobbes, vivimos en una sociedad violenta porque somos violentos; para Rousseau, en cambio, somos violentos porque vivimos en una sociedad violenta.¿Quién está en lo cierto, Hobbes o Rousseau? Nada como una situación límite para confirmar nuestras elucubraciones acerca de la verdadera naturaleza humana. Si atendemos a las escenas de saqueo y pillaje que se han sucedido en algunos de los pueblos devastados por la mortífera Dana, donde hemos visto cómo algunos ciudadanos, muchos de ellos padres de familia, entraban a las casas a robar o sustraían televisores, joyas, relojes o ropa deportiva de marca de las tiendas reventadas, entonces habrá que dar la razón a Hobbes. Pero si nos fijamos en esos trabajadores de una residencia que suben a los ancianos a cuestas varios pisos para salvarlos de una muerte segura, en esos abnegados bomberos, soldados y miembros de Protección civil que trabajan hasta la extenuación para salvar vidas, o en esos miles de jóvenes que pertrechados con escobas se ofrecen como voluntarios para ayudar a las poblaciones afectadas por las terribles inundaciones, entonces habrá que creer a Rousseau.Somos egoístas, naturalmente, pero también altruistas. No sé si Antonio Machado estaba en lo cierto cuando afirmaba que lo mejor de España es el pueblo . Los mazones y los sanchones no proceden del espacio exterior: han salido de aquí. Aquel pacto o contrato social de los ciudadanos en el que consiste la democracia seguramente se merecía un Estado o un gobierno más eficaz. La inoperancia y la falta de reflejos de las diferentes administraciones, incapaces de coordinarse («si necesitan ayuda, que la pidan», declaraciones como ésta del presidente hablan del estrepitoso fracaso del actual sistema) ha causado muchas víctimas mortales que seguramente podrían haberse evitado. Nuestros representantes políticos no son responsables de una catástrofe natural como la Dana, pero sí de su mala gestión. Lo importante de un Estado no es su tamaño, mastodóntico casi siempre (de ahí su lentitud), sino su eficacia. A nadie debe extrañar la indignación, hija de la impotencia y de la desesperación, de los vecinos de Paiporta, los cuales increparon y arrojaron barro y otros objetos a Sánchez, Mazón y al propio Jefe del Estado al grito de asesinos, gesto absolutamente irracional e injustificable, aunque comprensible. Porque la tensión acumulada era tan alta, que estos vecinos que se sentían abandonados no necesitaron mucha ayuda de los alborotadores descerebrados de la extrema derecha que vinieron de fuera de la población para sembrar el caos.Pero quedémonos con lo único bueno de esta tragedia : quedémonos con ese héroe anónimo que se jugó la vida para sacar a una persona del coche, con esa madre de familia que, habiéndolo perdido todo, incluso a familiares y amigos, trata de mantener la calma para no asustar a sus hijos, o con la ola de solidaridad con las víctimas de esta catástrofe que recorre todo el país. Es lo único que nos da esperanza.SOBRE EL AUTOR Luis Peñalver Alhambra Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid

 

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