mclaughlin.fabian
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Cuando se le quita el celofán de las celebraciones y bajan las burbujas del champán, cuando la razón aguafiestas ha destronado a la euforía de la peana de purpurina, la declaración de Patrimonio Mundial o de la Humanidad no es más que una de esas placas honoríficas que se colocan en una esquina de la estantería, detrás de alguna foto de familia, o un diploma para el que no hay ni ganas de enmarcar ni pared en la que colocarlo. Servirá, tal vez, para convencer de que venga a Córdoba a gente que está dudando de un ramillete con Sevilla , Toledo y Granada , pero en el caso de la Mezquita-Catedral , que lo consiguió hace hoy cuarenta años, es el ejemplo de cómo una distinción privilegia menos al que la recoge que al que la da, porque quien la recibe tiene una belleza tan incontestable que no necesita de otro aval que los ojos y la sensibilidad.Sólo merece la pena detenerse en el significante, en la palabra patrimonio que en cierto sentido tiene que ver con aquello que pertenece a alguien, que es privativo , que tiene derechos de propiedad y que se hereda. Largo tiempo tuvo que soportar un debate irritante y vacío de argumentos ese edificio que responde a todas las preguntas en silencio. Noticia Relacionada La Graílla opinion Si El pecado original Luis Miranda Como ha pasado con 'The Times' y Romero de Torres, Franco ya es otro tópico de la España de estereotipoAunque la Unesco nunca le hubiera puesto la etiqueta, la Mezquita-Catedral de Córdoba sería, desde luego, patrimonio de todas las gentes y no pertenecería a uno más que a otro. Algunos tienen la fortuna de vivir cerca y de disfrutar la emoción inagotable de asomarse a la perspectiva laberíntica de las columnas y al chorro de luz incorpórea que riega las mañanas por el trascoro. Otros se sobrecogen con el vértigo de una primera vez que tal vez sea la única y eso multiplica lo que sienten. Le pasa a aquellos que viajan. El Museo del Prado, la Catedral de Burgos , el Pórtico de la Gloria o el Acueducto de Segovia tienen el apellido de sus ciudades, pero al darse de bruces con su grandeza, una sola vez o muchas, quien ha ido a buscarlos se detiene el tiempo que haga falta y da gracias a quienes los cuidaron porque sabe que en el fondo nació para admirarlos y escuchar lo que cuentan.Luego hay, sí, un organismo religioso, el Cabildo Catedral de Córdoba, que es su propietario legal y tiene las llaves para abrir y cerrar, pero ninguno de los canónigos se llevará a su casa una sola mota de polvo ni sentirá que el suelo que pisa le pertenezca. Más bien notarán el peso de su cuidado , que desde hace muchos años se entrega a un ejército de arquitectos, restauradores, arqueólogos y obreros que piensan mucho antes de tomar una herramienta en las manos, que piden todos los permisos que hacen falta y que cuando tienen que ponerse a trabajar lo hacen con ese esmero que parte del amor por la labor bien hecha. Los que tienen que acercarse a las columnas, capiteles y cúpulas , incluso los que por el privilegio de su profesión pueden subir alguna vez para ver en detalle aquello que no volverán a tener cerca nunca, saben lo poco que importan en ese rato las escrituras de propiedad o la caja de la taquilla .
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