Cristopher_Hansen
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Ana Palmero espera el jueves por comida con walkie-talkie en mano. Esta mujer de 43 años es vecina de la localidad valenciana de Alfafar, donde el primer lote de alimentos proveniente de la capital de la provincia llegó a las seis y media de la tarde, 48 horas después de la catástrofe. Ella, sin embargo, lleva esperando cerca de tres horas a que el reparto de víveres empiece. “Lo último que han comido mis hijas, de 13 y 7 años, han sido dos hamburguesas con un par de galletas, pero solo tenemos alimentos para un día más”, lamenta mientras echa un ojo a la entrada del recinto, de donde parte una fila de 200 personas. “La más pequeña se toma esto como un juego, pero a la mayor la hemos llevado a la casa de los abuelos que lo han perdido todo, para que entienda la gravedad de la situación”, comenta Palmero, quien envía mensajes esporádicos a su esposo, al otro lado del walkie-talkie. “Tiene cobertura para tres o cuatro manzanas”, explica con una sonrisa. “En realidad, es un juguete de nuestras hijas, pero es lo único que tenemos para comunicarnos”.
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