Abel_Wilderman
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Ese día, al despertarse, todo le pareció diferente: la luz que entraba por la ventana, las hojas del árbol frente a la casa, descoloridas a la espera del invierno, el aire cargado de la habitación. Se levantó, estiró los brazos en un bostezo largo que terminó en una sacudida. Recorrió, torpe, los cinco metros que lo separaban del retrete, se mesó la barba y orinó despreocupado y abundosamente. Entonces cayó en la cuenta de que no había hecho planes porque ese día acometería una de sus más arriesgadas aventuras: no hacer nada. De un tiempo a esta parte, se había dejado llevar por una molicie inversa que le empujaba a aprovechar todas las partes del día. Estaba dispuesto a realizarse, hasta hoy. No iba a estirar con la 'app' de estirar, ni tampoco se iba a emplear en la tabla de abdominales que su primo Eduardo había encontrado en una revista y que le venía tan bien. Se trataba de una nueva técnica que trabajaba los músculos oblicuos, cosa que era fundamental según un artículo que también le había pasado el propio Eduardo. Toda esa gente que hacía mal los abdominales acarreaba muchos problemas de salud, posturales, anímicos y de otra índole que se podían mitigar trabajando los oblicuos. Este tema le había resultado de suma importancia y a sus amigos les preguntaba: «Oye, ¿tú cómo haces los abdominales?», y les hablaba de la manera correcta de emplearse. Pero ese día no iba a trabajar los abdominales, ni a hacer pesas con las cinchas que se colgaban en la pared. Tampoco haría una tirada de 16 kilómetros con cuestas a ritmo preanaeróbico que era lo que le tocaba para preparar el triatlón de la Selva Negra al que se había apuntado hace meses con su 'coach'. La decisión le hizo asomarse al abismo de la soledad, ahora que todos sus amigos hacían ultramaratones, completaban marchas de cien kilómetros –lo fundamental, contaban, era ingerir muchos carbohidratos–, y nadaban siete millas en aguas abiertas. Tampoco iría a la piscina. Tomó un poco de pan duro, lo metió en la tostadora, le untó mantequilla y se hizo un café. Desistió de su costumbre de cocinar para los niños tortitas con harina de avena molida a la piedra por él mismo. Parecían las tortitas de siempre pero no lo eran, como los espaguetis de calabacín , el torrezno de boniato y las mollejas de miga de tofu. También pasó de aquello y comió la tostada sin escuchar, como era habitual, el pódcast de 'The Economist ' que, calculaba, versaría sobre el intento de golpe en Corea. Toda esa gente que hacía mal los abdominales acarreaba muchos problemas de saludSe negó a poner ningún tuit sobre lo de Corea y el manejo del 'soft power' a través de la cultura, ni sobre lo de Sánchez, que le parecía una vergüenza, pero tampoco quiso contribuir a derribar el Gobierno. Por la tarde, no hizo planes para navegar hasta Menorca en solitario . No leyó el 'Ulises' del que estaba comparando dos traducciones. No vio 'El último metro' de François Truffaut , que tenía pendiente. No cocinó 'gnochi ' a la manera de aquella abuela que conoció en Sorrento. No hizo galletas, no soldó la mesa que estaba construyendo para el jardín, no escribió un poema en su cuaderno, no reveló el carrete de fotos del viaje a Palencia, no vio el informativo, ni puso la radio. Cenó una tortilla y se metió en la cama –ni tarde, ni pronto–, satisfecho por la hazaña de no haber hecho absolutamente nada.
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