imonahan
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Entrando en La Torre se aparece un coche azul que el agua posó con su parte trasera apoyada sobre un contenedor de vidrio y parece que está sentado, o reflexionando, como un coche de Rodin. Todo el que pasa le hace fotos porque no imagina que un poco un poco más allá verá cosas mucho peores . Allí cerca también hay un charco no muy profundo, de un par de dedos de agua como mucho, y todos lo evitan sin saber que dentro de quinientos metros, se bañarán en un barro que les subirá por los muslos, les manchará los labios, el pelo y las orejas y que, de alguna manera, nunca llegarán a limpiárselo del todo. «Wow»: María y Javier llevaban un tiempo callados como si ante la destrucción solo cupiera el silencio y el sonido de los pasos de la peregrinación de los miles de voluntarios que entraron en masa a llevar comidas, enseres y a echar una mano en la zona cero del desastre . Por la tarde regresarán andando, de lodo hasta los dientes, arrastrando los pies de la esperanza y agotados por la caminata, con la mirada de los mil coches volcados y con el asombro hecho unos zorros. Entonces, ya nadie sacará fotos.Noticia Relacionada estandar No Riada de solidaridad en todos los municipios de Castilla-La Mancha Mariano Cebrián Varios ayuntamientos de la región, junto con otras instituciones, están habilitando puntos de recogida de ropa, material de todo tipo, bebidas y alimentos no perecederos para poder llevar a las zonas arrasadas por el temporalJavier se ha levantado a las siete de la mañana en su casa de Colón en la parte seca del mundo. «Hablamos entre los amigos y decidimos que algo había que hacer». Ha desayunado un café, se ha mensajeado con sus compañeros y ha preparado la ayuda que compraron en el supermercado la víspera: fuets, cepillos y pasta de dientes, productos de higiene femenina, yogures con fruta para los niños y otras cosas. «Lo que había». También llevan galletas de chocolate, agua, latas de atún, palas y capazos para sacar lodo. No había más en la tienda, así que se han construido unos rastrillos uniendo en T dos tubos de cobre cubiertos con un aislante de tubería. Ninguno lleva botas de agua, uno de los bienes más preciados en la ciudad y cuentan que la víspera, en un almacén de bricolaje de Alboraya, dos personas terminaron a guantazos tras una discusión por el último par. Cristina Gascó con el grupo de voluntarios en su casa de la casa de San Cayetano chapu apaolazaLa escasez se ha ido extendiendo por toda la ciudad como una mancha. «Esto es lo que hemos conseguido». Han quedado para dejar los coches a cinco kilómetros del desastre para no obstaculizar a los servicios de emergencias. «Tenemos miedo de molestar», admite Javier, y esa sensación la llevan muchos encima, como si, además del impulso por ayudar, sintieran miedo al ridículo. Por la carretera, los recoge Vicky en un Ford Mondeo. «Subiros los seis: hoy no nos van a multar», advierte con media sonrisa, y mientras les acerca a la frontera del mundo de barro, cuenta cómo no pudo entrar a su aparcamiento en La Torre en el que murieron ocho personas . Muchos de los que entran no saben a dónde ir a prestar ayuda, pero un policía municipal ofrece al que pregunta una regla sencilla y útil: «Cuanto más andes, más útil será la ayuda». Muchos de los voluntarios se quedan en las primeras esquinas del desastre en las que media docena de tipos se afanan en dejar la acera como una patena, pero Javier, María y los demás saben que tienen que ir más allá. Han elegido desplazarse hasta Alfafar, una de las zonas más castigadas y a la vez olvidadas. Van allí a ayudar a una amiga de una amiga que se llama Cristina a la que encuentran sacando escombros de la casa de la calle de San Cayetano. Alba y ella nunca se han visto, pero se funden en un abrazo emocionado. «Gracias por venir. Sois estupendos». Cristina Gascó con el grupo de voluntarios en su casa de la casa de San Cayetano Chapu apaolaza«Los niños lloran. No podemos más»En las últimas estribaciones del infierno, el grupo de voluntarios son el séptimo de caballería. «En tres días nadie ha venido a decir ni 'Hola'. Si no fuera por estos chicos que han venido, no tendríamos nada. Las fuerzas públicas no están aquí. No ha aparecido ningún estamento público», se queja Vicente. «Somos la última mierda… ¿Oye, tenéis pan?». Eugenio y Mari Carmen juntan en su casa la comida que van encontrando y cocinan para los vecinos una morcilla frita en una sartén sucia posada sobre un hornillo. «La policía nos ha dado leche y un trocito de plátano, pero tenemos hambre. Los niños lloran. No podemos más».Noticia Relacionada estandar No Asciende a 202 la cifra de muertos por la DANA solo en la provincia de Valencia Toni JiménezDentro de la casa, Javi y Cristina, otra voluntaria que es joyera, se parten el lomo sacando barro de un salón del que solo quedan algunas paredes con dos o tres recuerdos que no se llevó la riada, entre ellos un marco plateado con la fotografía de la comunión de Cristina con la marca del agua dibujada a la altura de las cejas. Es una casa pequeña, una casa que ya era humilde antes del desastre. Por ese agujero se accede a la casa de los vecinos. El hermano de Cristina salvó a sus padres in extremis, él enfermo de cáncer y ella, en silla de ruedas. El agua se ha llevado todo, incluida la medicación y papá lleva días sin tomar la quimio oral. Nines busca pastillas para tratamiento para su enfermedad que abandonó forzosamente cuando la inundación. Está fuera de sí. Balbucea y el temblor de manos le impide encontrar la receta en la galería del teléfono, una operación sencilla que ejecuta el reportero en cinco segundos pero que a ella le resulta imposible. «Trece-doce-trece-doce-trece-doce», el número que repite mecánicamente es la clave de su teléfono. Resulta obvio que está entrando en pánico, así que María Dolores, otra voluntaria integradora social que ha llegado a echar una mano, la toma de los hombros y acerca su frente a la de ella: «Mírame, tranquila. Estás a salvo. Respira conmigo». Al rato, María Dolores parte entre los escombros en busca de la medicina que conseguirá, con suerte, en Valencia y Nines se queda tomando un yogur de galleta de los que han traído los chicos en sus mochilas: «¿Tenéis calcetines? ¿Y bragas? Estoy en pijama desde el martes», pregunta, ya más calmada. María ha salido a entregar comida y deposita dos packs de atún en las manos de Sofía, una sevillana que los mira como si fueran centollos. Se comprende cuando cuenta que estuvo dos días enteros sin comer. Trabaja en la residencia de ancianos Solimar que arrasó la riada llevándose la farmacia y la cocina y ocho personas se quedaron a solas con doscientos abuelos sin agua, sin comida y sin medicinas. Sin ascensor. «Los baños rebosaban. Ellos no entendían nada. Estaban angustiados. No teníamos oxígeno. La planta uno había desaparecido. No ha muerto ninguno, pero creo que yo me he vuelto loca». Unos vecinos de Alfafar almuerzan fuet que les han traído los voluntarios chapu apaolazaMaría se ha revelado como una excelente psicóloga de fortuna y adivina quién puede necesitar más la comida. «Les cuesta coger la ayuda -admite después de un rato-, pues sienten que aceptan cosas que otros pueden necesitar más». Una madre toma un paquete de galletas de chocolate y se las entrega a su hijo pequeño que se pone muy contento y, al ver su sonrisa, le resbalan las lágrimas como si se le hubiera roto en los ojos una presa, con perdón.Por la calle se mezclan las sillas rotas, los edredones, los libros, las fotos, la tristeza, la determinación y un cabreo monumental por el vacío que han dejado unos estamentos públicos desbordados por la situación. Este abandono sorprende en un país del primer mundo. «¿Dónde cojones está el ejército?», se pregunta Cristina, a gritos en la entrada de la casa de los Gascó. «Porque tenemos ejército, ¿no? ¿No vienen porque hay una guerra y yo no me he enterado?», reflexiona irónicamente. Soldados, no hay -al menos de uniforme-, ni bomberos en esa calle, pero han venido comerciales, repartidores, fisioterapeutas, limpiadoras de hotel, labriegos de la huerta, ejecutivos de cuentas, monitores de tiempo libre y un cocinero de Bilbao que se llama Goyo. El Estado eran ellos .No saben que, en ese momento, la Generalitat envía mensajes advirtiendo a los voluntarios de que no bloqueen los accesos. Sobre los que ayudan se posa una capa de sospecha constante, como si fueran a entorpecer, como si fueran a equivocarse, como si pudieran quedar en casa en una organización perfecta y japonesa. El voluntario, con sus garrafas de agua, su inocencia y su calzado de suela de trekking de caminatas medias, es España y también el perfecto chivo expiatorio del desastre. Solo así se entiende que se cuestione que hagan más difícil la entrega de ayuda desde instituciones que aún no han logrado que la ayuda se entregue. O es que en algún momento, alguien entendió que eran demasiados. Pese a los avisos, al mediodía no paran de llegar por las pasarelas, por las vías, a hacer la foto del coche sobre el contenedor y a dejarse la vida y la esperanza en el barro. Al cierre de esta crónica, ya son tres las cuadrillas de voluntarios en la acera de Cristina, llena de montañas de enseres como un museo de un caos que ya va siendo un poco menos. «Toda esta solidaridad es brutal. Cuando lo veo, lloro», dice ella, y llora.
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